Cotidianidades... 137
Cotidianidades…
Hace unos días el querubín se levantó emocionado porque era su cumpleaños. Como todo niño que llega a sus cuatro primaveras (ternurito) y con la conciencia de que ese era un día especial, saltó a la cama entre su mamá y yo para despertarnos con su alegría contagiosa y sus pisotones de dieciocho kilos.
Hace unos días el querubín se levantó emocionado porque era su cumpleaños. Como todo niño que llega a sus cuatro primaveras (ternurito) y con la conciencia de que ese era un día especial, saltó a la cama entre su mamá y yo para despertarnos con su alegría contagiosa y sus pisotones de dieciocho kilos.
En realidad en ese momento
tenía ganas de agarrarlo a almohadazos y así enseñarle mejores modales, pero
con tal de mantener la paz familiar decidí sonreír contento, como si tener a un
niño brincoteando sobre tu humanidad fuera divertido.
Pronto, y como preví en
algún instante de intuición (esa que echa mano de la experiencia para prever el
futuro y no necesariamente de artilugios esotéricos), el niño atoró sus piececitos
entre las sábanas y, como el segundo cochinito de la canción, se cayó de la
cama.
Lo bueno de hacerle caso a
la intuición es que te permite estar listo para enfrentar ciertos
acontecimientos, y en su caso, atrapar a un chamaquito en el aire que estaba a
punto de sorrajar la cabeza contra el suelo.
Aunque no se lastimó
físicamente, su orgullo y valentía si sintieron algunas afectaciones y se puso
a llorar (Cri-Cri era un genio). Entre el llanto y ante pregunta expresa de la
dueña de mis quincenas, el niño confesó no un accidente producto de su
imprudencia, sino un acto criminal perpetrado por su padre, que apelando a
quién sabe qué siniestras intenciones, lo lanzó de la cama y luego —tal vez
arrepentido— lo atrapó en el aire y lo devolvió al lugar de origen.
—¡Méndigo chamaco! —reclamé
con dulzura paternal— ¡Hazte responsable de tus actos! —pero no pude continuar
con mi defensa porque la mamá se puso del lado del querubín y riéndose
(“burlándose” describe mejor la situación) dijo un par de veces “papá malo”.
Ahí si no me contuve y
comencé una guerra de almohadazos que, a pesar de mis más aguerridos esfuerzos,
perdí de manera apabullante.
Decidí tomar venganza y,
para meditar la estrategia adecuada, salí a correr un rato, bajo la conciencia
de que un cuerpo fortalecido me permitiría entrar con mayor ventaja a la
batalla.
Por suerte a tres cuadras de
la casa hay un pequeño parque con un circuito de no más de cuatrocientos
metros, y que el municipio ha tenido a bien mandar a limpiar y dejar en
condiciones adecuadas para caminar o trotar, amén de que el gobierno del estado
colocó uno de estos gimnasios al aire libre.
Sólo pude darle una vuelta
al circuito, porque cada veinte metros había excremento de perros, dejados ahí
por supuestos amantes de las mascotas que sacan a pasear a sus animalitos (“mi
vidos”), pero los muy degenerados no recogen sus excretas.
Decidí alejarme un poco más
y correr en Caña Hueca, un centro deportivo en el que el gobierno chiapaneco gastó
una millonada (la cual muchos mal pensados suponemos que sirvió para enriquecer
a unos pocos), pero que dejó un parque en condiciones adecuadas para que
llegaran más familias y deportistas a fortalecer el físico.
Quitando los fraudes
financieros que pudo haber ahí (aunque sin olvidarlos), considero que la remodelación
valió la pena, pues yo he ido al lugar antes y después del cambio, y es
evidente que se ha incrementado el número de visitantes que llegan a practicar
algún deporte y se siente uno muy seguro al correr por una pista sin baches.
Sin embargo, mientras lo
recorría, descubrí basura tirada por distintos lados —esto a pesar de que hay
botes en el parque—, al menos un par de letreros derribados —para lograrlo,
alguien debió ejercer una gran fuerza o tratar de arrancarlos con alguna
violencia—, e incluso vi una malla de metal en mal estado —la cual no se cayó
sola, sino que fue doblada con mala fe—, y también es fácil encontrarse con
muchas personas paseando a sus perros por lugares donde no está permitido,
nomás que al parecer les inspira confianza a las mascotas para cagar a su gusto
y sin remordimientos.
No estoy en contra de las
mascotas. Al contrario, sobre todo los perros han sido grandes compañeros en mi
vida, y si ahora no tengo uno es por falta de espacio. Tampoco estoy a favor
del gobierno, más bien soy bastante crítico sobre los modos en que se están
administrando los recursos y de las pocas ganas que hay de gobernar pensando en
el beneficio de todos.
Lo que sí vale la pena
pensar, es si la situación anda tan mal sólo por el gobierno (que no deja de
echarle ganas en ese sentido, estamos de acuerdo), o si de plano ayudamos
también los ciudadanos, que nos sentimos críticos del mundo (lo escribo viendo
al espejo), jueces en las redes sociales pero que aprovechando el momento
caminamos por la vida con un pie en la vereda de la impunidad. Hasta la
próxima.
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