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Cotidianidades... 211

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Entré al tercero de primaria convencido de que habría de ser la continuación del infierno que viví durante mi segundo año. La profesora que nos asignaron pareció dispuesta a darme la razón, y a los pocos días, echando mano de criterios pedagógicos del siglo pasado, nos acomodó de acuerdo a nuestro nivel de aprovechamiento. A mí me tocó hasta atrás en la fila de los más atrasados, es decir, para copiar sólo me quedaba el compañero de adelante, quien como yo, era poco confiable. No recuerdo que mis compañeros me hubieran acosado por la posición que ocupé en el salón de clases, de todas formas con la humillación personal tenía bastante para sentirme mal conmigo mismo, y no encontraba de dónde asirme para escapar de ese sitio en que me colocaron mis malas calificaciones y, por supuesto, esa condenada profesora. Para mi buena suerte, la profesora se jubiló un mes después, y su lugar fue ocupado por una maestra nueva de quien poco se sabía. Recuerdo que la directora llegó a present...

Cotidianidades... 210

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El guateque familiar se armó sin estar planeado. Mientras algunos propusimos ir por la cena, otros se apuntaron para ir por las bebidas, y adultos y niños salimos a cumplir con nuestras respectivas encomiendas. El querubín se subió al auto de su padrino porque ahí había más niños, y al llegar a su destino, mientras se estacionaban, descubrió con asombro que se desplegaba una pantallita con cámara de visión trasera: —¡Órale, tiene computadora! —dijo el niño. —Es para que te estaciones más fácil —le explicó su primo y le preguntó: — ¿El coche de tus papás no tiene? Mi hijo, cruel en su inocencia, respondió: —No, no la necesitan. Ellos sí saben manejar. Claro que ahí se desató un debate infantil, en el que se esgrimieron argumentos para dejar en claro qué padres eran los mejores al volante. Todos nos reímos con la anécdota, aunque internamente me pregunté cómo y cuándo debía comenzar a enseñarle a mi hijo a ser “políticamente correcto”, sobre todo en esta época en que hay ...

Cotidianidades... 209

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—¡Un Cristo caminando! —dijo el querubín con el mismo tono con que hubiera dicho “ahí va el señor de las nieves” o “acaba de pasar un ave”. Me acerqué a ver de qué se trataba, y descubrí a un señor con short blanco, playera roja y tenis que traía sobre el hombro, formando una cruz, dos largos palos de madera. Otro hombre, más joven que el primero aunque también en short, se acercó a ayudar a cargar uno de los maderos, a lo que el primero respondió: —¡Hasta que te acomediste! —¿Quiénes son? —me preguntó mi hijo y le respondí lo primero que se me vino a la mente. —El de atrás se llama Cirineo, y al de adelante ya lo conoces —lo cuál era verdad—, es el señor de la tiendita. Detrás de ellos aparecieron un grupo de hombres, unas pocas mujeres y varios niños. Otros dos cargaban dos maderos más, y entre risas y bromas se instalaron en un llano muy cerca de donde estábamos. —¡Vamos a jugar futbol! —nos aclaró un borrachín que iba rezagado del grupo— Vengan con nosotros, si quiere...

Cotidianidades... 208

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Con el querubín abordamos el avión para regresar a casa después un viaje fantástico. Entre tanta euforia, el niño comenzó a empujarme e intentó hacerme cosquillas para comenzar una “lucha épica”, en la cual yo podía elegir ser el villano que más me gustara, mientras que él sería el súper héroe que de cualquier forma me derrotaría. Más o menos a la mitad del vuelo —y después de ciertos intervalos de descanso— la lucha se tornó intensa, en ese momento, también, entramos a una zona de turbulencias y viví las sacudidas más fuertes que haya sentido en un avión. Los cinturones evitaron que nos eleváramos varios centímetros de nuestros asientos, escuchamos cómo tronaba el fuselaje y comenzamos un evidente descenso con la parte frontal inclinada. El niño me pegó en el estómago, con su gesto de pillo evidenciaba las enormes ganas que traía de vencerme, atrás de nosotros escuché imprecaciones contra el clima y el destino, alguien más rezaba y varias voces de angustia, que de pronto sonaron ...

Cotidianidades... 207

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De niño viví varios años en el corazón del barrio de San Roque, a muy pocos metros de la iglesia. En aquella época, los días de feria eran para mí días de diversión constante, porque para llegar a los primeros puestos sólo debía bajar tres escalones y caminar unos pocos pasos, así que no había tarde en que no terminara en el juego de las canicas —donde ganaba cualquier baratija, alejada de los grandes premios—, en los carritos chocones que manejaba un primo mayor, en el carrusel, comprando jocote curtido o, con menos frecuencia, sintiéndome un soldado implacable que abatía figuras de metal con rifles de balines. Sin embargo, los mejores momentos ocurrían durante la noche, cuando llegaba la marimba, había concursos para trepar el palo encebado, quemaban castillos, salía el torito con fuegos pirotécnicos, y lo mejor, vendían unas copas de chocomilk riquísimos, interminables para un niño en su primer lustro de vida. Con el tiempo me fui a vivir a otros territorios, y la fiesta de ba...

Cotidianidades... 206

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Junto con el puente de marzo, llegaron los festivales de la primavera, para los cuales mamás y papás deben improvisar disfraces y vestuarios que los niños nunca más utilizarán, y que terminan arrumbados en cualquier rincón de la casa, hasta que años después, días antes de que el chamaquito entre a la universidad, se acepte que eso es basura. Por suerte, en medio de ese jolgorio mercantil, las maestras del querubín se lucieron, pues acompañaron a sus alumnos en el proceso de crear las máscaras para el espectáculo primaveral, pensaron en actividades que nos mostraran otras habilidades de nuestros hijos y nos invitaron a pintar una playera juntos. Creo que todos salimos contentos, se notaba en el ambiente entre los adultos y en las carreras y los gritos del chamaquitaje, y aunque nuestro niño ha demostrado tener una buena memoria, la dueña de mis quincenas me preguntó: —¿Tú crees que al paso de los años, él también recuerde estos momentos? No le respondí porque no sabía qué deci...

Cotidianidades... 205

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Viví en Buenos Aires a principios de este siglo. Allá presencié la devaluación del peso argentino, el corralito financiero que impedía a los cuentahabientes usar sus ahorros, los cacerolazos como protesta contra el gobierno, las manifestaciones multitudinarias en las calles, saqueos a comercios, que ese país tuviera hasta cinco presidentes en una semana y, quizá lo más doloroso, vi cómo individuos caían en la desesperación más profunda por su situación financiera familiar. En ese ambiente complejo, tuve la fortuna de conocer a personas maravillosas que me abrieron las puertas de sus casas y sus corazones para invitarme, así fuera por un ratito, a formar parte de sus familias. Con ellos recordábamos la entonces reciente devaluación mexicana con Zedillo, así como el catastrófico efecto tequila, y también explorábamos todas las condiciones y herramientas con que contaban para remontar la crisis. Mentiría si dijera que la sensación de angustia y dolor era permanente. Entre el caos, m...