Cotidianidades... 130
Cotidianidades…
Hace algunas décadas, cansado de verme en el ocio o quizá para ahorrarse los pesos de las serenatas, mi padre decidió mandarme a tomar clases de guitarra a la Escuela de Música del Estado de Chiapas, centro al que iba y regresaba cargando mi guitarra al hombro, por cierto, sin temer que alguien pudiera arrebatarme el instrumento en el camino, así de seguros vivíamos.
Hace algunas décadas, cansado de verme en el ocio o quizá para ahorrarse los pesos de las serenatas, mi padre decidió mandarme a tomar clases de guitarra a la Escuela de Música del Estado de Chiapas, centro al que iba y regresaba cargando mi guitarra al hombro, por cierto, sin temer que alguien pudiera arrebatarme el instrumento en el camino, así de seguros vivíamos.
Andaría por los once años de
edad y en lugar de fijarme en grupos de rock, con un espíritu chapado a la
antigua me veía encarnando a Pedro Infante o, ya de perdis, a Jorge Negrete,
quienes guitarra en mano y con gesto sufrido conquistaban a las más bellas del
pueblo.
Mi desencanto comenzó desde
la primera clase, cuando en lugar de abrazar la guitarra me explicaron que debía
aprender a solfear, y peor me sentí al descubrir que en lugar de “Morenita mía”
o “Cielo rojo” tenía que interpretar las lecciones de “Julio S. Sagreras”.
Como si hubiera dejado en
casa la olla de frijoles al fuego, comencé a mirar con entusiasmo la puerta de
salida, convencido de que “nunca” habría de volver a tan aburrido sitio.
Para mi suerte, justo por
esa puerta vi llegar a una jovencita de cabello oscuro, rostro de formas
suaves, así como cierta elegancia en el andar y en el trato que convirtieron mi
“nunca” en “un día más y ya”.
La muchachita en cuestión
tuvo la amabilidad de convertirme en su amigo y a la semana, además, me dio el
número de teléfono de su casa, así de sutil era para coquetearme.
Nombre. Parecía yo galleta
en agua, hinchado de orgullo y emoción. Claro que me comencé a deshinchar
cuando sopesé la posibilidad de que no me contestara ella, sino su mamá… o su
papá… y (quizá como le pasó a algunos de
ustedes) tomé el teléfono varias veces y otras tantas lo volví a dejar en su
sitio, antes de atreverme a discar los cinco números que me comunicarían con mi
primer amor platónico.
La primera vez que la llamé,
ella me dijo que justo estaba llegando de la escuela de música. Ese fue un dato
preciso que me permitió calcular su tiempo de traslado. Aun así, recuerdo con
nitidez el ansia diaria —porque hablábamos todos los días y siempre debía
marcar yo— de esperar la hora (8:20 pm) para llamarla, que ella me contestara y
comenzar una especie de romance telefónico que, dicho sea de paso, se terminó el
siglo y no llegó a concretarse en la vida de carne y hueso.
Claro, después viví otras
ansias y decenas de esperas, ya fuera los resultados de los exámenes de
admisión, pruebas de embarazo, respuestas de becas y de trabajos, y los
mensajes de amores fallidos. Sin embargo, esas primeras ansias que viví se
quedaron para siempre conmigo y hasta la fecha, cuando he tenido que describir
a un personaje enamorado, no tengo más que evocar algunas de aquellas emociones
y la historia se va dando sola.
Ahora estoy viviendo varias
nuevas esperas. Son resultados que de ser positivos, impactaran para bien mi
vida inmediata —o al menos eso creo—, y si no, me obligarán a replantear
estrategias y caminos para seguir avanzando en mi vida profesional.
Aun así, y a pesar de los
años de experiencia que tengo para eso de esperar, no puedo dejar de sentir
cierta ansiedad, un mucho de nervios, emoción y a veces hasta observo el vuelo
de las aves con la esperanza de adivinar mi futuro a través del auspicio. Lo
feo es que las aves que más se dejan ver por mi rumbo son los zopilotes, y
entonces opto buscar otras artes adivinatorias.
De pronto se impone mi lado
pensante, echo mano de la educación adquirida en la escuela positivista, hago a
un lado esas supersticiones creadas por la ansiedad, sonrío y me dedico a
trabajar un rato, hasta que el querubín anuncia, carrito en mano, que ha
llegado la hora de jugar con él.
“Todos siempre estamos
esperando a alguien”, me dijo Itzel, una niña que a la sazón tenía nueve años.
Yo ahora le sumaría que todos siempre estamos esperando a alguien “o algo”, y
esa espera también le da sazón a la vida cotidiana, sino es que nos invita a
arremeter contra el destino para cambiar sus designios y lograr nuestros
objetivos.
Quizá usted también está
esperando algo. O a alguien. Quizá también voltea a ver el reloj, revisa su
teléfono y le da una checada a los correos electrónicos para ver si la
respuesta o el mensaje por fin llegó. Le deseo de corazón que así sea, y que
entonces sonría contento porque ha alcanzado un triunfo que lo ha hecho sentir
feliz.
Como epílogo, les cuento que
la chica de la escuela de música una tarde por fin me devolvió la llamada,
fuimos a tomar un café y, cosas de la vida, ahora es la madre de ese querubín
que, dicen, anda armando un golpe de estado para legalmente gobernar nuestras
vidas. Hasta la próxima.
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